viernes, 4 de enero de 2013

Los Saúdes.

Del libro Cuentos para después de hacer el amor de Marco Tulio Aguilera Garramuño.


Sus ojos enormes y tristes, sus hábitos simples y plenos de significados, la gran emotividad que imprimen a cada gesto, la misteriosa impresión de ausencia o descuido, la radical soledad que parecen sufrir a pesar de un desamparo que exige a gritos protección, caricias interminables y sin embargo sutiles, hacen que estos asombrosos seres sean llamados saúdes. Es indudable que la palabra misma tiene algo que ver con la portuguesa ‘saudade’, que designa un estado de ánimo muy particular en el que la melancolía es una forma de la felicidad, una especie de reconocimiento y aceptación de que la alegría desaforada es en esencia desoladora. También es fácil hallarle un parentesco con el botánico sauce.

Casi agua, casi aire, casi luz, dijo un poeta al referirse a un árbol tan sentimental. El sauce prospera a orillas de los ríos y crea diminutos paraísos de penumbras suaves. Ningún otro lugar más propicio para el único árbol que recupera de los sueños los instantes más felices. Los sauces blancos tienen hojas claras por el haz y con una suave pelusilla por el envés; poseen una doble cualidad de tersura vegetal y calidez animal, que es compartida también por el saúd, que exige la caricia casi impositivamente y luego se retira ofendido por el contacto. Los sauces de Babilonia, que a veces se confunden con los llorones, tienen ramas largas, flexibles y péndulas, como los seres citados, que se pliegan pero no se quiebran al establecer relación con la realidad.

De la palabra ‘saudade’, tienen los saúdes, el carácter indefinible que impulsó a otro poeta a decir: ‘tem a palavra saudade, tristesa que outra palavra nao tem’. Parafraseando al poeta diremos que tiene el saúde una belleza esquiva que ningún otro ser conocido posee. Pero su belleza no es de un carácter académico que se basa en la simetría de las formas, o de índole romántica, que coloca por encima y más allá de las posibilidades humanas.

El saúde, aunque acaso, existe. No es, por lo tanto, un ente ideal creado por la ficción literaria, por mitólogos de café o por algún poeta feo que canta la belleza ideal para sustituirla por el objeto real. El saúde habita entre nosotros, se mueve, casi imperceptiblemente, entre la fronda cotidiana, y a los ojos de los observadores descuidados, puede pasar por un lunático, un atribulado por la vida o sencillamente un dulzón.

Hay que aclarar un asunto de índole genérica. Aunque la palabra ‘saude’ vaya precedida siempre por el artículo masculino, hasta el momento el único ejemplar hallado ha sido del género femenino. Es posible que también exista la saúd. Qué duda cabe, maxime si al observar la naturaleza, descubrimos que todas las especies, por el simple hecho de que la reproducción sea necesaria, incluyen seres de los dos sexos. Y sin embargo, la contemplación y el estudio prolongado del saúde en cautiverio nos han hecho aventurar la hipótesis de que todos son del sexo femenino, o que si no lo son, por lo menos deben compartir los rasgos fundamentales.

Decir, como lo hacen los saudólogos (no se puede hablar en este caso de biólogos, zoólogos o anatomistas) que la especie está en vías de extinción (como los lemures de la isla de Madagascar, los gerifaltes del Ártico o los tucanes de la selva ecuatorial) es sencillamente absurdo: nadie se ocupa de cazar saúdes por la simple razón de que carecen de cualidades explotables; la ley de la selección natural no los afecta, porque como veremos más tarde, ellos logran adaptarse a prácticamente cualquier medio y dominar a las especies devastadoras. Los saúdes han existido casi caprichosamente a lo largo de la historia de la humanidad y si no se puede señalar los nombres y nichos ecológicos de diez o doce, es porque la saudología todavía no había fijado sus bases científicas. El caso, abstruso sin duda, es que tampoco en la actualidad hay una escuela organizada que impluse los estudios sobre tan extraños seres, ni universidades que lo hayan incluido en sus planes de experimentación. Si hablamos de saudología, por lo tanto, no es porque tal ciencia o disciplina exista, sino porque es necesaria. No se puede precisar con certeza un país, región o territorio específicos que hayan dado una mayor cosecha de saúdes. Los pocos que se han hallado y reconocido, existen en zonas de alta peligrosidad ecológica, donde medran las serpientes venenosas, los grandes carniceros, las aves rapaces e incluso las condiciones de guerra perenne. Es verdaderamente asombroso cómo los saúdes, tan sensibles que llegan a llorar al menor golpe de brisa, que jamás se empeñan en competir con nadie, que triscan sus hierbas tiernas sin molestar a nadie, logran sobrevivir en tales territorios. La única hipótesis plausible sería que los seres agresivos, en el excesivo derroche de actividad, pasan desapercibidos a los saúdes. Es como si vivieran a una velocidad y en una dimensión diferentes. Y a pesar de que es innegable el carácter apetitoso de sus carnes y la tersura verdaderamente frutal de sus pieles y la evidente falta de suspicacias y segundas intenciones, los saúdes, tal vez por instinto, hallan refugio en los sitios más insospechados. No es que se escondan. Al contrario. Es común ver a un saúd en medio de la multitud, contemplando atento la vociferación, tratando de comprender sin jamás lograrlo.

De las cinco familias y veintitrés especies de saudoides (a saber: los poetas, los violinistas, los artesanos de geoditas, los ancianos sentados en mecedoras, las solteronas tras ventanas en los pueblos pequeños, los beodos memoriosos, los desengañados por la vida o el amor, los coleccionistas de artefactos inútiles y estampillas, las malcasadas sin amante y otros que el estudioso de la saudología podrá identificar sin dificultad) solamente una incluye auténticos saúdes. Y de tal especie sólo se ha reconocido y estudiado un individuo. La amplia libertad que nos ceden la ciencia de las hipótesis y el arte de la esperanza nos permite plantear que existen por lo menos cuatro en países de veinte millones de habitantes.

Aunque sea aventurado presentar la descripción de uno solo de los individuos de tal especie y suponer que del caso particular se puede llegar a la generalización, no nos queda otra alternativa. Reunir a cinco o seis saúdes para estudiarlos, además de que sería una empresa en extremo difícil, implicaría riesgos sin fin para la salud de estos entes y cuidados que ni un solo hombre ni un equipo completo de investigadores podrían proporcionar Porque la única posibilidad de mantener en cautiverio a un saúd sin que lo notes es por medio del amor. Amor auténtico, del cual el saúd es fanático y conocedor. Es imposible engañar a un saúd por medio de atenciones calculadas. El saúd sufre mucho. Sufre si no es acariciado constantemente y sufre si no es acariciado con absoluto desinterés. Sufre si es mal acariciado, con torpeza, descuido o premeditación. En realidad, acariciar un saúd es todo un arte cuya maestría no se alcanza jamás. Quien se compromete a cautivar un saúd debe aplicar a ello todas sus fuerzas y toda su vida. Un instante de flaqueza por parte del amante suscita la huida del saúd. Y sin embargo, no hay profesión más absorbente y feliz que la de tener un saúd en casa.

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